Los días soleados suelo adentrarme en el casco viejo a descubrir, como si fuera la primera vez, cada tienda, cada esquina, cada canción que suena a ras de suelo junto a esos trozos de tela, manchados con apenas 4 monedas.

Una cosa llevó a otra y aquella tarde terminé encerrada en un habitáculo de apenas un metro cuadrado. Agitada y semidesnuda. Acompañada por el reflejo de aquel vestido estampado que decidí probarme sin sujetador.

Giraba sobre mis pies desnudos, alzándome simulando llevar taconazos. Llegué a arquear mi espalda exagerando la curvatura de mis caderas mientras me iba subiendo el vestido, dejando al desnudo mis muslos. Imaginando excitada que eran otras las manos que me desnudaban.

Bajé mis bragas a la altura de las rodillas, cerré los ojos y liberé mis pechos. Me busqué de nuevo en el espejo y vi que no estaba sola. A través del hueco que dejaba la cortina descubrí cómo un joven me penetraba con la mirada.

Al principio quedé inmóvil. Después me eché hacia atrás apoyándome en el espejo e intenté taparme todo lo que pude, pero su mirada era tan salvaje que mis brazos dejaron de estar rígidos para recorrer mi contorno con suavidad.

Estaba concentrada aguantándole la mirada. Exhausta por el placer que me daban mis manos, cuando escuché la voz de su pareja. Él se apoyó en la pared que nos separaba a ambas dejando una mano dentro de mi terreno.

Aun temblorosa me acerqué lentamente y le lamí los dedos. Mi lengua fue de abajo a arriba. No tardó en sacarlos, empapados en saliva, para colocarlos sobre mis pechos. Solté un gemido cuando, con ansia, pellizcó mis pezones. Continuó descendiendo hasta penetrar ligeramente entre mis labios inferiores, trazando después una perfecta línea hacia a mi cuello, justo entonces tiró de las puntas de mi pelo, un gemido mudo retumbó en Bidebarrieta.

Al salir de aquella tienda, entré en la catedral de Santiago, me refresqué con agua bendita y seguí mi paseo por la Villa. Justo en esa plaza, haciendo esquina con Dorre kalea, un anciano que vino de Argentina interpretaba “romance anónimo” con su guitarra.

Manché su tela con las monedas que me sobraron tras comprar aquel vestido.

texto: Txema Pinedo

Finalistas del 3er certamen de relatos cortos Organizado por el Café Bar Kazeta y la Revista BAO. Un relato, 30 lineas y una ilustración.
Temática: sensualidad y erotismo en bilbao.